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Leer, un verbo que no se puede imponer

el aula de ratita

Pocas labores educativas son tan esenciales y, a la vez, tan complejas como la del fomento de la lectura en nuestras aulas. Esencial porque sin esa pasión lectora difícilmente conseguiremos construir una sociedad crítica y libre, capaz de albergar sus propios juicios y, sobre todo, de discernir lo verdadero de lo falso en estos tiempos en que los bulos y rumores parecen haberse adueñado de lo que debiera ser la información. Y compleja no solo por su dificultad intrínseca (¿cómo contagiamos nuestro amor por los libros a los más jóvenes?), sino porque ese fomento nos conduce, de manera inevitable, a una cuestión más que espinosa: las lecturas obligatorias.

Ya Borges escribió que “el verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo”, y seguro que más de uno de nosotros recuerda con cierto pesar alguna lectura que hubo de hacer sin siquiera entender lo que estaba leyendo. Habrá tantos ejemplos de ello como de quienes agradecemos a nuestros profesores de Literatura que, gracias a esa obligatoriedad, nos descubrieran las claves para acceder a los versos de Cernuda, a la prosa de Virginia Woolf o a las obras de Shakespeare. Quizá, sin ese empeño en la (denostada) lectura obligatoria, nos habríamos quedado fuera de esos mundos literarios, incapaces de acceder al ideario de libertad y justicia social que nos ofrece El Quijote, al discurso crítico y revolucionario de ‘La Celestina’ o a la rebeldía intelectual y feminista de Sor Juana Inés de la Cruz.

Un método de fomento a la lectura erróneo

Desde mi experiencia como docente -ahora en excedencia- y como autor de literatura juvenil y adulta, considero que la clave reside no sólo en qué títulos elegimos sino, más aún, en cómo se los acercamos. Es decir, en el medio que empleamos para adentrar en esos textos, sean contemporáneos o clásicos, a nuestro alumnado. El hecho de que todo un grupo comparta una misma lectura permite hacer tertulias, debates, trabajos de creación y de deconstrucción a partir de la obra leída. En definitiva, convertir ese libro en una experiencia colectiva que, además de impulsar su búsqueda de nuevos títulos, también les ayude a desarrollar otras destrezas relativas tanto a la expresión como a la comprensión textual.

 

Esto último es, precisamente, lo que vivo en cada uno del más de centenar de centros de Secundaria y Bachillerato que, como escritor, visito cada año. En ellos me encuentro con chicas y chicos con ganas de hablar del libro que han leído y que, gracias a la labor de sus docentes -sus particulares Virgilios en el viaje a través de cada nuevo círculo lector-, han disfrutado. “Me he reconocido en los personajes”, “Me he visto en ese capítulo”, “Me he sentido parte de la historia”, “Me ha ayudado a expresar algo que no me atrevía a decir…” Son muchos los adolescentes que me escriben, gracias a las redes, o me dicen, en el momento de la firma de ejemplares, comentarios así -agradecidos y honestos, cargados de emoción- que no sólo nacen de cuanto la historia pueda haberles evocado, sino de cómo se han acercado a ella gracias a la propuesta didáctica de sus profesores.

El éxito: no hacer exámenes convencionales

En mi experiencia, el índice de éxito se acentúa en aquellos centros donde la lectura no se evalúa mediante un examen convencional, sino a través de otro tipo de propuestas donde el estudiante siente que su opinión sobre el libro sí importa. A fin de cuentas, el verdadero dueño de un libro es siempre su lector y, como les digo cuando me preguntan por el final abierto de alguna de mis novelas, su interpretación es la única verdadera. Una vez que el libro llega a sus manos, este se convierte en un territorio libre e inexplorado, un espacio donde será su sensibilidad y su perspectiva la que defina los contornos del paisaje que van a recorrer. En eso, precisamente, reside gran parte de la magia de la literatura: necesitamos la ficción para encontrarnos en ella, como un espejo que nos desvela las imágenes ocultas de nuestra propia realidad. Y en ese encuentro, en ese distorsionado y, a la vez, certero hallazgo de nosotros mismos somos, como lectores, plenamente libres.

” La magia de la literatura reside en que necesitamos la ficción para encontrarnos en ella “

También he vivido, sin embargo, la experiencia contraria: situaciones donde el libro no ha sido vehículo de comunicación, de emoción o de placer estético, sino un instrumento (casi) de tortura que sólo sirve para superar una prueba que se puntúa numéricamente, respetando la obsesión por las calificaciones que nos exige el sistema. Así, por ejemplo, hace un par de años un chico de 1º o 2º ESO me reconocía y se acercaba a mí para preguntarme si yo era Nando López. Respondí con un sí -confieso- ilusionado, esperando escuchar un comentario positivo sobre alguno de mis libros. Él, sin embargo, me miró con seriedad y solo dijo: “Ya. Lo sé porque he suspendido un libro tuyo”. Aquella metonimia fatal (en la que la consecuencia -el suspenso- era provocada por una causa que nunca debió serlo -el libro-) se repite en mi cabeza cada vez que surge el debate sobre los famosos controles de lectura.

¿Son los exámenes la solución?

En mi propia experiencia escolar, recuerdo con pánico esos exámenes. Siempre he sido, desde niño, un lector voraz, pero del mismo modo que me fijo en las atmósferas, emociones y temas de las novelas (algo que, como autor, he acabado reproduciendo en mi propio estilo), tengo una pésima memoria para sus detalles argumentales, hasta el punto de que puedo leer y releer varias veces un mismo libro (del mismo modo que ver y volver a ver una misma película) sin recordar todos y cada uno de los giros de la trama, lo que -a su modo- no deja de ser una ventaja. Pero eso, en aquellos años de la EGB y BUP -tan injustamente sobrevalorados-, era un gran problema, ya que no había lectura obligatoria que no se cerrase con un examen en el que se ponía a prueba nuestra retentiva y la capacidad para identificar detalles que convertían la lectura en un suplicio.

Quizá por eso, desde mi experiencia como autor, me despiertan tanta envidia los grupos de ESO y Bachillerato de los centros escolares que visito con títulos como ‘Nadie nos oye’, ‘En las redes del miedo’ o ‘La edad de la ira’, tres novelas complejas en su estructura y en sus temas. Si se abordaran desde el fatídico control de lectura, llegarían a perder su esencia, crítica con esos aspectos que nunca he compartido del sistema educativo. Por suerte, en la mayoría de esos centros se acercan a estos títulos desde un enfoque mucho más libre, mucho más personal, una perspectiva que convierte al lector en protagonista y donde la lectura es punto de partida para el diálogo y el encuentro. Centros donde he aprendido metodologías muy diversas y que están muy lejos de esos recuerdos de mis años de EGB, donde no tuve la suerte de que se pusiera en pie ninguna de las actividades que ahora sí encuentro y que demuestran que es posible compaginar el rigor y la emoción en el acercamiento al hecho literario.

El secreto pasa por emocionar al alumno

Porque en eso, en definitiva, reside la única clave posible -y, cómo no, la más difícil de todas-: en la emoción. Borges tenía razón en su analogía verbal, no sólo por su acertado juicio sobre la imposibilidad del modo imperativo, sino por la cercanía semántica entre los tres verbos elegidos: amar, soñar, leer. Qué es leer sino soñarnos en otras vidas, abrazar otras identidades, contemplarnos desde un yo ajeno que, gracias a la empatía que nos ayuda a desarrollar la lectura, se vuelve propio. Qué es leer sino enamorarnos de ese otro que, con el nombre del personaje que elijamos, acaba convirtiéndose en símbolo, en icono, incluso en meta de nosotros mismos. Qué es leer sino desear que una historia no termine

porque no somos capaces de abandonar sus páginas y nos resistimos, encerrados entre las sombras de Ítaca o en los pliegues mágicos de Nunca Jamás, a despedirnos de esos lugares en que nos sentimos más libres y más lúcidos. Qué es leer sino emborracharse de vida gracias al vampirismo intelectual y sentimental que nos ofrecen quienes inventan esas historias, regalándonos existencias ajenas para volverlas propias. Qué es leer sino tener la posibilidad, como escribiera el gran Albert Camus, de vivir más veces. Más intensamente. Y muchas más vidas.

” Una cifra escueta, tal vez con decimales, que difícilmente podrá expresar si realmente se ha leído, se ha entendido, se ha disfrutado un libro “

Por eso, supongo, no creo que toda esa pasión quepa en un examen. Ni, mucho menos, que admita una calificación. Una cifra escueta, tal vez con decimales, que difícilmente podrá expresar si realmente se ha leído, se ha entendido, se ha disfrutado. Y aunque no sea sencillo encontrar el modo de fomentar la lectura: el debate -como todos los que de verdad importan- ha de seguir abierto, personalmente me quedo con todos los profesionales de la educación que, en sus distintas etapas -infantil, primaria, secundaria, bachillerato, universidad- buscan caminos desde la emoción, la creatividad y el análisis crítico para contagiar ese virus necesario. Esa pasión indispensable. Esa arma de libertad y construcción masiva que es la lectura.